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Yo también me volví el papá de mis papás


Escribo esto mientras organizo el viaje de fin de año con mis papás. No es la primera vez que siento que se invirtieron los papeles. Hace unos años, mi papá era el encargado de coordinar las vacaciones familiares, de reservar el hotel y de llevarnos a la playa por carretera con un mapa impreso que compraba en los peajes. Lo hacía con un esfuerzo y unas ganas que de solo recordarlo me genera nostalgia y alegría. Sin duda, éramos felices y no lo sabíamos.

De un tiempo para acá, sentí que me convertí en el papá de mis papás. ¿Lo han sentido ustedes también? En mi caso, terminé asesorando a mi papá en temas financieros y económicos. Suena extraño porque el gerente financiero es él. Fue gerente en varios bancos y hospitales, pero hoy en día está lleno de deudas que lo atormentan por las noches.

He tratado de ayudarlo. Le he montado emprendimientos y he sido su apoyo incondicional en el tema que menos domina por su edad: el marketing digital. A sus 70 años, le cuesta mucho enfrentarse a la tecnología. Se resiste a aprender. Se niega a intentar hacerlo por su cuenta sin mi presencia o supervisión. No sé si lo hace por simple pereza o por terquedad, que es uno de sus mayores defectos. Ignoro si lo hace porque ya se cansó de trabajar (yo también estaría agotado), pero en el fondo quiere sentirse activo y motivado con nuevos proyectos, después de haber tenido el valor de sacar adelante a sus hijos a punta de honestidad. Ahora que lo pienso, tal vez lo hace porque aspira a que yo sea su mejor socio. Confía tanto en mí que desearía que yo le hiciera parte del trabajo sin pedirle nada a cambio.

Les confieso que tenía pensado contarles las innumerables veces que he perdido la paciencia con mis padres. Han sido varias ocasiones donde he tenido que regañarlos y ponerme al frente de las situaciones para resolverlas, con el estrés que eso genera. Lo hago casi siempre con la mejor energía posible, pero me incomoda un poco sentir que cargo una responsabilidad que no es mía. En especial cuando son cosas que no me corresponden, como coordinar trasteos, botarles la basura y los chécheres inútiles que han acumulado a lo largo de los años, cuidar su alimentación, pagarles las facturas, hacer vueltas, insistirles que tienen una tarea pendiente o recordarles que no han hecho algo importante que se la pasan aplazando, con la excusa que para eso me necesitan. 

Sin embargo, sentí que no era justo criticarlos, ni juzgarlos. Nunca los vi a ellos haciéndolo con mis abuelos, a quienes cuidaron con todo el corazón hasta que tristemente fallecieron. Si se trata de justicia, lo más sensato es reconocer que la vida puede habernos cambiado los papeles, pero el amor de hijo permanece intacto. Si tuviera que devolverles todo lo que me han dado, me quedaría sin nada. Me han regalado más amor de lo que me merezco, y mucho más amor de lo que yo podría regalarles si me propusiera demostrarles mi cariño en cada uno de mis pasos. Ellos saben que mis triunfos son un homenaje a tantos años de dificultades.

Después de una pandemia que acabó con la vida de millones de personas en Colombia, tengo la gran suerte de que mis papás estén vivos y sanos.  Para mí no hay mayor milagro que poder compartir con ellos. Siento que los quiero y que me quieren sin haber fingido nunca que era otro, tal vez más extrovertido, menos duro, menos reservado o más religioso. Cómo no quererlos, si en ocasiones se han preocupado más por mi salud y mi felicidad que por la propia. Cómo no considerarlos mi mejor regalo, si me admiten tal y como soy, con todos mis reparos y defectos.

No conozco la familia ideal, ni nosotros pretendemos serlo, pero si algún día me hubieran dado la oportunidad de elegir a mis papás, no lo dudaría ni un instante: serían ellos mismos. Los amo profundamente en medio de las diferencias. Me lo dieron todo y es hora de recompensarlo. Es un orgullo para mí poder ayudarlos a cumplir sus sueños.

PD: ¿Cuál es el sueño de tus padres? Te invito a preguntarles. ¡Hagámoslo realidad!

Comentarios

  1. Siempre los padres piensan que somos el regalo de Dios para ellos, cuando el verdadero regalo nos lo dan ellos

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  2. Ahora yo soy la mamá de mi mamá que tiene 94 años. Es como cuidar una niña pequeña pero un poco rebelde. Agradezco poder retribuir un poco de lo que recibí de ella, especialmente sus cuidados ♥️

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