La vida sería muy aburrida sin las mascotas. No hay duda que los perritos y los gatos son el alma de la fiesta y de la casa.
¿Qué vinieron a enseñarnos las mascotas? ¿Qué podemos aprender de ellas?
Está probado científicamente que consentir una mascota nos hace liberar endorfinas, que son las hormonas de la felicidad. Por eso las mascotas significan alegría pura. Nos hacen reír con sus locuras y nos ponen a disfrutar el presente. Son ellos quienes mejor saben vivirlo. Nunca sienten rencor ni se preocupan por el regaño que les metimos el día anterior, ni por el tiempo que estaremos fuera de casa al día siguiente. Viven el presente mejor que nadie.
A las mascotas no les importa si les compras las cosas más costosas o las más baratas. Les da igual. Lo disfrutan y lo valoran de la misma manera. Lo que realmente les importa es tu presencia, tu atención, tu amistad, tu intención genuina de dar amor y recibirlo.
Los animales también nos despiertan la sensibilidad. No solamente los gatos y los perros, que son los más comunes. Nos encanta irnos de viaje a ver delfines, ballenas, caballos, camellos, pájaros, focas o canguros. Así nos volvemos intolerantes con el maltrato animal y el abandono del que son víctimas. Nos cuesta verlos sufrir y desconfiamos de aquellas personas que no tratan bien a los animales.
Uno quisiera consentir a las mascotas de por vida, pero llega el momento donde duele mucho enterrarlas. Quienes hemos sufrido la muerte de uno de nuestros perros o gaticos, sabemos que despedirlos es triste y doloroso. De hecho, nunca estamos preparados para el duelo. De repente se han ido y hemos tenido que aprender a soltarlos, con el vacío y la tristeza que eso significa.
Lo cierto es que a nuestras mascotas siempre queremos verlas sanas y contentas. Nos sentimos responsables de su felicidad. Ahora que lo pienso, creo que nosotros no sacamos a los perros a pasear al parque. Son ellos quienes nos sacan a nosotros. Nos sacan de la rutina, del estrés, de la depresión, de la rabia, de la ansiedad, del sedentarismo o del simple aburrimiento.
Sin embargo, lo que más he aprendido de mis perros y mi gato es que la vida es una sola, que este viaje es demasiado corto para estarse preocupando por bobadas; que la paz y la tranquilidad se encuentran en los pequeños detalles; que no hay nada más inútil que quejarse; que cuando algo nos molesta, tenemos derecho a ladrar; que hay gente que provoca rabia y se merece un buen mordisco, pero no vale la pena perder el tiempo ni los dientes.
El que más sabe de ese tema de los dientes es Mambo, mi gatico, que hace un tiempo en una veterinaria me lo dejaron mueco. Pero el gordito es un parche. No lo digo porque sea mío, en serio. Quienes lo conocen, saben que Mambo es más consentido que yo. Es sociable, tierno, noble y dormilón. Es una bola de pelos llena de amor. Le encanta robarse el show en el apartamento y no pierde la oportunidad de pegarse una buena arrunchada cuando se conecta con la gente que lo quiere.
La verdad, creo que Mambo me salvó la vida durante la pandemia. La atravesamos los dos solos en el apartamento, durmiendo juntos. Yo parecía loco hablando todo el día con el gato y dándole picos, pero así somos: puros panas y cómplices.
Estoy seguro de que lo mismo sintió mucha gente durante los meses que nos golpeó tan duro el Covid. ¿Cuántos de ustedes se refugiaron en sus mascotas para tolerar y superar el encierro? Sin duda, fuimos millones de personas en el mundo.
Esto ocurre porque nos une la lealtad. Uno sabe que los perritos y los gatos no defraudan. Uno siente que están firmes, sin excusas, pues las mascotas son tremenda compañía. Es una compañía sin juicios, sin críticas, sin reclamos, sin celos, sin mentiras, sin drama, sin falta de interés, sin hacerse expectativas. Es un amor verdadero, sin condiciones.
Díganme si no es una delicia escuchar el ronroneo sanador de los gaticos. O cuéntenme si no es una chimba acostarse a ver series con el perrito al lado. Nos encanta dormir con ellos o ellas y no hay mejor arrunche que ese. Quienes lo hacemos, nunca nos sentimos solos.
Por eso mi mascota es mi mejor amigo y no pienso discutirlo con nadie, jaja. ¡Lo amo!
¿Qué vinieron a enseñarnos las mascotas? ¿Qué podemos aprender de ellas?
Está probado científicamente que consentir una mascota nos hace liberar endorfinas, que son las hormonas de la felicidad. Por eso las mascotas significan alegría pura. Nos hacen reír con sus locuras y nos ponen a disfrutar el presente. Son ellos quienes mejor saben vivirlo. Nunca sienten rencor ni se preocupan por el regaño que les metimos el día anterior, ni por el tiempo que estaremos fuera de casa al día siguiente. Viven el presente mejor que nadie.
A las mascotas no les importa si les compras las cosas más costosas o las más baratas. Les da igual. Lo disfrutan y lo valoran de la misma manera. Lo que realmente les importa es tu presencia, tu atención, tu amistad, tu intención genuina de dar amor y recibirlo.
Los animales también nos despiertan la sensibilidad. No solamente los gatos y los perros, que son los más comunes. Nos encanta irnos de viaje a ver delfines, ballenas, caballos, camellos, pájaros, focas o canguros. Así nos volvemos intolerantes con el maltrato animal y el abandono del que son víctimas. Nos cuesta verlos sufrir y desconfiamos de aquellas personas que no tratan bien a los animales.
Uno quisiera consentir a las mascotas de por vida, pero llega el momento donde duele mucho enterrarlas. Quienes hemos sufrido la muerte de uno de nuestros perros o gaticos, sabemos que despedirlos es triste y doloroso. De hecho, nunca estamos preparados para el duelo. De repente se han ido y hemos tenido que aprender a soltarlos, con el vacío y la tristeza que eso significa.
Lo cierto es que a nuestras mascotas siempre queremos verlas sanas y contentas. Nos sentimos responsables de su felicidad. Ahora que lo pienso, creo que nosotros no sacamos a los perros a pasear al parque. Son ellos quienes nos sacan a nosotros. Nos sacan de la rutina, del estrés, de la depresión, de la rabia, de la ansiedad, del sedentarismo o del simple aburrimiento.
Sin embargo, lo que más he aprendido de mis perros y mi gato es que la vida es una sola, que este viaje es demasiado corto para estarse preocupando por bobadas; que la paz y la tranquilidad se encuentran en los pequeños detalles; que no hay nada más inútil que quejarse; que cuando algo nos molesta, tenemos derecho a ladrar; que hay gente que provoca rabia y se merece un buen mordisco, pero no vale la pena perder el tiempo ni los dientes.
El que más sabe de ese tema de los dientes es Mambo, mi gatico, que hace un tiempo en una veterinaria me lo dejaron mueco. Pero el gordito es un parche. No lo digo porque sea mío, en serio. Quienes lo conocen, saben que Mambo es más consentido que yo. Es sociable, tierno, noble y dormilón. Es una bola de pelos llena de amor. Le encanta robarse el show en el apartamento y no pierde la oportunidad de pegarse una buena arrunchada cuando se conecta con la gente que lo quiere.
La verdad, creo que Mambo me salvó la vida durante la pandemia. La atravesamos los dos solos en el apartamento, durmiendo juntos. Yo parecía loco hablando todo el día con el gato y dándole picos, pero así somos: puros panas y cómplices.
Estoy seguro de que lo mismo sintió mucha gente durante los meses que nos golpeó tan duro el Covid. ¿Cuántos de ustedes se refugiaron en sus mascotas para tolerar y superar el encierro? Sin duda, fuimos millones de personas en el mundo.
Esto ocurre porque nos une la lealtad. Uno sabe que los perritos y los gatos no defraudan. Uno siente que están firmes, sin excusas, pues las mascotas son tremenda compañía. Es una compañía sin juicios, sin críticas, sin reclamos, sin celos, sin mentiras, sin drama, sin falta de interés, sin hacerse expectativas. Es un amor verdadero, sin condiciones.
Díganme si no es una delicia escuchar el ronroneo sanador de los gaticos. O cuéntenme si no es una chimba acostarse a ver series con el perrito al lado. Nos encanta dormir con ellos o ellas y no hay mejor arrunche que ese. Quienes lo hacemos, nunca nos sentimos solos.
Por eso mi mascota es mi mejor amigo y no pienso discutirlo con nadie, jaja. ¡Lo amo!
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